La Comunicación con Nuestros Hijos

por Yolanda Moreno Fito.   28 Mayo 2018

 

Constantemente nos plateamos si la evolución del lenguaje y el proceso madurativo de nuestros hijos es el correcto y pocas veces le damos importancia a la comunicación que tenemos con ellos y al modelo que somos para ellos.

 

Pues bien, hoy vamos a hablar de los hábitos correctos de comunicación con los niños y a darle la importancia que tiene en su desarrollo logopédico y psicológico.

 

Desde que nacemos comenzamos a percibir estímulos que nos provocan sensaciones, a veces agradables y otras no tanto, y van conformando parte de nuestro aprendizaje. Los bebés observan y van aprendiendo de lo que les rodea según la consecuencia, según el modelo, etc. Y esta circunstancia se sigue dando conforme vamos cumpliendo años, incluso en la edad adulta (aunque en este caso confluyen muchas más variables).

 

De esta forma somos capaces de aprender a hablar, intentando imitar a esos adultos que hacen caras y sonidos a nuestro alrededor. Imitamos sonidos, gestos y colocación de los órganos bucofonatorios y así un sinfín de aspectos que nos preparan para el lenguaje.

 

Los padres, como modelos, hemos de tener en cuenta ciertos hábitos que son parte importante de la comunicación y de los que también debemos facilitar su aprendizaje.

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1.      Mensajes concretos y sencillos.

Usando un lenguaje claro y pausado, debemos hablar articulando correctamente y con un vocabulario apropiado a su nivel de desarrollo.

Por ejemplo, respecto a la claridad en la comunicación les decimos “pórtate bien” en lugar de “no tires la comida al suelo” que es más concreto. El adulto tiende a no marcar los objetivos de su comunicación de una forma clara.

 

2.      Asegurarse de que el niño escucha.

Es importante mirar a los ojos del niño cuando se le habla y tomarse unos segundos para saber que ha entendido. Si el pequeño está ocupado haciendo algo, lo aconsejable es llamarle por su nombre y esperar a que mire al mayor que le habla. De este modo, se ahorra tiempo, se evita tener que repetir un mensaje y, sobre todo, se previenen frustraciones.

 

Hay que hablar al niño de las cosas que le interesan y que son susceptibles de retener su atención. De esta forma mantendremos conversaciones con él y esto hará que se familiarice con los procedimientos básicos de la conversación y el uso de vocabulario variado.

 

  1. Leerles en voz alta.

Es importante leer en voz alta al niño cuentos adaptados a su edad. Esto permitirá, entre otras cosas, enriquecer su vocabulario. La lectura se realizará de forma pausada y, una vez finalizada, se puede establecer conversaciones sobre los personajes, el argumento, etc.

 

4.      Pedir las cosas de una forma simple y concisa.

Los niños suelen esforzarse para llevar a cabo una orden que reciben. Sin embargo, es difícil para ellos recordar una serie de pedidos, de modo que los adultos que mejor se comunican con ellos son quienes les dan órdenes sencillas. leer

 

Por supuesto, no se trata de utilizar el “lenguaje de bebé”, si no de usar un lenguaje sencillo pero que pueda aumentar en complejidad cuando sea necesario.

 

5.      Ser amable y correcto al hablar.

Los niños aprenden sobre todo con el ejemplo. Las palabras amables les hacen sentir bien y les enseñan cómo se debe hablar. Mientras que las palabras bruscas, además de hacerles sentir mal, forjan en ellos ese mismo carácter y les predisponen a comportamientos similares. Expresiones como “por favor” y “gracias” se incorporan de manera natural a su vocabulario, si forma parte del trato que ellos mismos reciben.

 

6.      Detallar al niño las consecuencias de sus actos.

Esto es importante en el momento de pedir al niño que haga algo o, por el contrario, solicitarle que no lo haga. Si el niño no recibe ninguna explicación, la decisión le puede parecer arbitraria y generarle deseos de desobedecer. En cambio, cuando se le explica que “si hace esto sucederá aquello”, sabrá el porqué y podrá entender lo bueno y lo malo de su conducta. No se trata de hacer verdaderos discursos, si no de dar una explicación a la consecuencia de sus actos.

 

A partir de los 4 ó 5 años los niños están suficientemente adelantados en su desarrollo para entender y dar resumidas explicaciones de las cosas que pasan a su alrededor. 

 

7.      Dar oportunidades y no amenazar.

Una consecuencia no es una amenaza. Una amenaza es algo que posiblemente no vamos a cumplir, y eso lo sabemos nosotros y el niño, por lo que no lo tomará en serio. Una consecuencia, sin embargo, es algo que tanto el adulto como el niño saben que sucederá si actúa de una determinada manera.

 

8.      Ponerse al nivel de sus ojos.

Siempre que sea posible, es muy bueno que el padre o la madre sitúen su mirada al mismo nivel que la del niño, para hablar con él. Esto hace que el contacto visual mejore la comunicación y el pequeño podrá sentirse más cerca y empatizar mejor con los gestos del adulto que le habla, a quien ya no verá como un gigante que le habla desde las alturas.

 

9.      Gratificar al niño cuando se porta bien.

Sobre todo, si ha cumplido con algo que no le apetecía demasiado hacer. Por supuesto, no nos referimos a gratificaciones materiales (aunque también podría ser en situaciones puntuales). Consiste más bien en ofrecerle felicitaciones, gestos de aprobación y cariño, como pueden ser una sonrisa, una caricia o un abrazo.

Por el contrario, en caso de que el pequeño no obedezca o no cumpla, se debe producir la consecuencia de la que se ha advertido. Esto último es importante puesto que, de no ser así, lo que se reforzará es la conducta de desobediencia y esta será más probable en el futuro.

 

10.  Escuchar con atención.

Los niños necesitan sentirse escuchados, poder compartir con los mayores sus descubrimientos, sus ideas y sus historias. Además hablar les sirve para conocerse a sí mismos. Los padres deben tratar de prestar atención, pero en caso de que no puedan, es un grave error fingir que se escucha: si el pequeño descubre que ha sido víctima de un engaño (y no es difícil que esto ocurra) puede llevarse una gran decepción.

 

 

Si practicamos estos hábitos con los pequeños podremos mejorar su comunicación para cuando sean adultos. Recordemos siempre que somos sus modelos y su máxima fuente de aprendizaje.

 

 

 

 

 

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